Eramos niños. Como niños. Amigos de Peter Pan. Sólo había jazz para nosotros. Y vino tinto. Y fuego. Y largas conversaciones alrededor de la comida. Había amigos. Y sueños. Y relatos de tiempos olvidados. De cuando fuimos salvajes. De cuando amamos desmesuradamente. La única forma de amar, por cierto. Organizamos conciertos en el fin del mundo. Y todo era posible. Y llorábamos sin pretexto. Reíamos sin parar. Como hienas. Como ángeles borrachos. El cielo caía sobre nuestros cuerpos envolviéndonos. Y éramos honestos. Y nos mirábamos a los ojos. Y no teníamos miedo. Nos dejamos llevar. Caminando a través del campo de las flores, hacia donde el río canta. Fuimos en silencio. Nos entendíamos sin pronunciar una palabra.
C Andrade

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